martes, 7 de agosto de 2012

EPÍSTOLAS A JUAN ALCAIDE POR COMPONENTES DEL GRUPO LITERARIO GUADIANA



EUGENIO ARCE LÉRIDA


CARTA A JUAN ALCAIDE SÁNCHEZ
-El gran ausente- 
Querido amigo en el alma de la poesía:
Yo no te conocí personalmente, pero tu luz debía ser inmensa, como la de esas estrellas que colapsan y desaparecen del Universo y, en cambio, su luz sigue viajando por el espacio durante miles de años. “Por sus hechos los conoceréis”, dice la Biblia. Y tus hechos son los poemas donde sublimaste tu lacerante vida amorosa, la humillante represión franquista y el dolor de tu cuerpo abatido por la enfermedad.
Tuviste la existencia de los héroes: una vida corta pero fulgurante. Eras valiente y sencillo a la vez; de ahí tus palabras: “Todo te lo ofrezco, lector, pero siente./ si yo, como un hijo, lo que sé te digo,/ aunque no germine mi humilde simiente,/ tu, como una madre,...¡sé bueno conmigo!” Pero he de decirte, Juan, para tu eterna tranquilidad, que tu simiente germinó y dio fruto al mil por uno; que son legión los que siguen la estela de tus conjuros de tinta; que tus “mimbres de pena” los hemos utilizado para levantar empalizadas contra los vientos malignos de la insidia y la desesperanza, esos cánceres que corroen hasta el tuétano a nuestra sociedad; que la altiva orografía de tus versos las utilizamos como atalayas para divisar a los enemigos y que, gracias a ti, Juan Alcaide, valdepeñero excelso, vértice de la sensibilidad poética, el “agua” de nuestras íntimas “norias” sale más viva que nunca.
También he de decirte que vivimos tiempos difíciles, en los que cuesta “ganarse el pan”, pero siguen floreciendo las cardenchas en esta llanura de inmensa soledad, a pesar de que el pútrido aliento de los tiburones de la Historia se ha convertido en un vendaval que amenaza con barrernos de la faz de la Tierra. No obstante, sabremos resistir. Somos arqueros con el arco tenso.
Estamos dispuestos a disparar nuestras flechas poéticas contra la iniquidad y tenemos la aljaba llena de palabras verdaderas. Alguien dijo que no hay nada más revolucionario que la verdad y nosotros sabremos, como dignos discípulos tuyos, dispersarla por todos los confines de la Tierra, porque de ti, Juan Alcaide, poeta que estás en el Parnaso de nuestra patria manchega, recibimos esa verdad que expandiremos siempre, hasta que se conviertan en luminarias que nos guíen en el camino. Si Valdepeñas se hizo “cercao”, tu poesía los multiplicó por toda la orografía española. Yo lanzo esta misiva al aire con la esperanza de que alcance las altas estancias donde mora tu espíritu de poeta
enamorado de tu tierra. ¡Que Dios te guarde!
            Siempre tuyo en la poesía.
                                                                                  Eugenio Arce Lérida. Julio 201 2




JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ ORTEGA


EPÍSTOLA PARA JUAN ALCAIDE
-Poeta de la Mancha-

“Sólo el poeta puede / mirar lo que está lejos / dentro del alma...”
Antonio Machado. 

 
Poeta de La Mancha”:
Siento latir tu corazón entre las viñas, iluminando valores esenciales que nunca mueren.
Poesía verdadera: cultura de molinos, gigantes, cigarras, hormigas, racimos de sueños, jaraíces, tinajas y mostos, alas de carne.
Palabras sencillas: fragua, martillo, yunque, tierra, surcos, arados, yuntas, jornaleros... Aroma de colmenas y pozos, metáforas, cardenchas en flor.
Versos desnudos: libros, escuelas, señales del camino, lágrimas y sed. Raíces, encinas, olivos, amor, desengaños, soledad, silenciosas preguntas a Dios.
Poemas imborrables, elegías con sabor amargo, mimbres rotos de pena: Carmen desconsolada por Juan Vicente, pobres labios dormidos, sin entregarte toda su ternura.
Juan Alcaide Sánchez, luz valdepeñera nacida del amor, siempre buscabas un cielo que necesita románticos poetas. Aquel día tus ojos ascendieron, cada vez más alto. No compartimos el pan bueno, las inquietudes..., ni platicamos de musas, hermosas dulcineas y valientes quijotes.
Ciegan el alma corrosivas dudas, pero las cosas suceden así. Tenía tres años y sólo recuerdo: “Dale un beso a mamá, que está dormida”. Duras tareas dañaron mis pulmones y de su sangre germinó poesía, cebadas y trigos que agitan los vientos.
En “El Trascacho”, bodega del noble caporal Andrés Cejudo, tuve la suerte de recitar y brindar con vino nuevo, “A la paz de Dios, hermanos”, junto a tus fieles amigos: Gregorio Prieto, Sagrario Torres, Ángel Crespo, Francisco Creis... Muchos poetas inolvidables en tu generación de 1936 (sacrificada durante la posguerra), Luis Rosales, Gloria Fuertes, José Hierro..., conocían estos gritos conmovedores frente a la barbarie:
“Esos hombres tendidos,/ abrazados al suelo,/ comiéndose la sombra de la acera,/ tienen dentro sus nidos,/ sus pedazos de cielo,/ su estampa de caliente primavera./ Tienen dentro su ser, / fuera el empuje trágico/ de la lucha que les lanza;/ cuando la espuma de su mar no ruge,/ trina su caracola de esperanza. /.../ Esos hombres tendidos,/ ésos, ésos,/ míralos, corazón,/ son tus hermanos,/ van a hacer una torre con sus huesos,/ para llegar al cielo con las manos.”
Somos amantes de tu poesía sincera, desgarrada, profunda... Por ello, digo en voz baja que conocí a Pilar (“¡La que tenía los ojos/ con sol de mares con niebla!”) y desde entonces te debo estas líneas. Hoy llegan muy tarde: seréis felices, sin ningún miedo a las palabras.
Aquella...” gran mujer (madre y abuela), compartía tanta emoción atesorada. Sus manos temblorosas sostenían tu libro, “La noria del agua muerta” (Madrid, 1936), donde -sin nombrarla- sientes su pasión imposible al borde de la guerra: “La voz del agua sin vida/ es la que empieza a sonar;/ en cangilones de versos,/ cantando y contando va...”
Pilar bendijo tu nombre, Juan, acarició despacio la dedicatoria y recitó poemas inocentes, nostálgicos romances escritos con tinta del alma. Fuiste su “poeta”: entrañable maestro, ganabas el pan enseñando a los niños amor, honradez y belleza, versos maravillosos de Lorca y de Machado, cómo ser hombres libres para cambiar este mundo siniestro.
Pilar aún era bonita, frágil amapola manchega. Supo que no volveríamos a vernos y besó vuestro libro, lleno de dignidad, luminoso chilanco donde la vida triunfa sobre la muerte: “Y es que está seca la fuente...,/ y ¡gira la noria, gira!”
                                                                               José-María González Ortega. Julio 2012 

 



PRESEN PÉREZ GONZÁLEZ


EPÍSTOLA A JUAN ALCAIDE
-...Alumna humilde de tus versos...- 

Mi admirado Juan:
En el silencio de esta noche en que pueden comunicarse alma con alma, recorro tu sentir en cada uno de tus versos, descubro tu ternura en cada acento, en cada letra, en cada palabra.
Dijiste: “Habrá de ser mañana” y yo o algún otro, te preguntamos “ ¿ En qué piensas” y tú contestaste “ en nada” “El silencio, propicio será para ser buenos...”
Para ser buenos... repiten mis labios, y un temblor sin causa me lleva a rezar con tus pensamientos desde mi estructura imperfecta, que como una asignatura pendiente reivindica la alegría, en esos límites difusos que nos hacen comprender nuestra pequeñez cuando los otros no forman parte de nuestro universo, pues es cierto que todos vamos conjugando la vida cuando pone entre nuestras manos todo ese misterio para ser felices, pero que tantas veces ignoramos vestidos de vanidad. Volver a las páginas donde se dibuja tu historia, mi historia, la del paria que pasa, es bajar de las nubes y tocar la túnica de un destino compartido, porque dime, quién no ha sido paria en algún momento: cuando estamos solos o tenemos miedo. Facturas del tiempo que hemos de pagar desde la humildad y la esperanza, y que bien supiste expresar en tu oración: ese clamor grave y confiado, desear “la gracia de la espiga”, ser para todos sin distinción ni rango.
Reflejaste tan bien la vida rural y cotidiana que después de encontrar la respuesta en cada corazón voy respirando tu voz como una nostalgia, y un garabato en el aire marca el lenguaje de uno mismo, para aprender del murmullo, de cada piedra, de cada instante, ese sumarse a vivir con los otros, transformar lo cotidiano, luchar contra la debilidad, contra la deformación que nos vence. Al otro lado están los restos de tantos nombres grabados, donde el cuerpo tiembla desde la memoria o desde el olvido.
Te escribo desde la sombra de mis ojos claros, desde mi piel derramando añoranza, para ver en la lluvia la limpieza de las cosas, a través de la nitidez de una mirada cuando los rostros cargados de paciencia caminan al costado de mi tristeza, y entonces yo tanteo mis pasos para no tropezar cuando se cieguen mis pupilas de cansancio. Hay un vínculo que nos nace de la tierra, retrata el recuerdo y unce nuestro vacío. No sé qué destino me llega a través de mis arterias, esa zona donde la conciencia salva lo íntimo y nos imprime el coraje de la libertad, el espanto del no ser. Recogeré las migajas que caen de los sueños desfigurados como sombras en una mañana de niebla, para recuperar lo que importa cuando la luz se proclame.
Y al partir dijiste “Mañana volveré. Cuando una noche/ de no sé cuánto tiempo sirva para/ limpiar el corazón, los corazones...”
Hoy y siempre estarás tan vivo entre nosotros que el olvido nunca será tumba para ti. Quiero que tu sed me contagie para recorrer el estío cosechando palabras. Deja que sea yo más contigo en la oración y una alumna humilde de tus versos, pues mendigos de la inspiración llevamos el encanto de esta tierra en nuestras venas.
Y yo como tú, así, en silencio, me despido de ti
              ¡Hasta mañana! 
 
                                                            Presen Pérez González. Julio 2012 
 







ESTEBAN RODRÍGUEZ RUIZ


CARTA A JUAN ALCAIDE
-Contigo siempre, Juan...- 

Querido Juan:
Un año más estamos aquí reunidos para recordarte añorando tu añoranza, haciendo presente ese amor que, como tú, sublimamos, al no ser capaces de hacerlo concreto a pesar de nuestra firme determinación y empeño.
Es verdad que, a veces, nos dejamos mecer y adormecer con los cuentos de los que ya nos prevenía León Felipe, al igual que tú dejaste hacer a tus paisanos con la complicidad de los “cercaos”, la “limoná” y aquellos agradables trasnoches de los días de otoño, anunciadores de la inminente vendimia que se hacía más tarde y no tan apresurada como la de ahora.
Eran otros tiempos. Los maestros tenían reposo y reconocimiento, aunque no les faltasen estrecheces, dificultades e incomprensiones. Mas tú encontrabas todo lo necesario en un rincón tranquilo que te permitiese plasmar en unas cuartillas las ansias del corazón y las ilusiones no cumplidas que pasaban a formar parte de lo pendiente, apuntándolo en las páginas de cada nuevo poemario, incluso en los más difíciles de asumir, que también los hubo.
Cantaste tanto a nuestra tierra, sus hombres y mujeres, sus quehaceres, penurias, fracasos y logros, que tu ida prematura dejó un perfume fresco y persistente, siempre renovable en tardes-noches como éstas en donde el calor del verano arrecia y refresca la amistad en cada encuentro.
He de despedirme, mas no te digo adiós, ni hasta luego, pues sé que vendrás conmigo, pegado a mi piel y mi recuerdo como lo está el sabor del mosto y el aroma que nos regala, cuando fermenta, buscando transformarse en vino, en nuevo verso de añada diferente.
             Contigo siempre.
                                                              
                                                                    Esteban Rodríguez Ruíz. Julio 2012